Su padre pertenecía a la “Iglesia Cristiana Adventista del Séptimo día.” Como líder de un cuarteto, Luis Chura cantaba durante las sesiones de alabanza. Su voz de tenor era impactante, y conmovía a los hermanos de su iglesia.
Sin embargo, la tragedia sobrevino. Luis Chura moriría, y su viuda tuvo que encargarse de sus tres hijos. Ada cuenta que su vida no fue fácil. La muerte de su padre les afectó demasiado. Ademas del luto y el vacío que dejó su muerte, perdieron un sostén económico. Su madre, aún dolida por la pérdida, debió desempeñar muchos trabajos para sostenerlos. Fue por ello que Ada y sus hermanos fueron criados por su abuelita. En esos años, su abuelita le contaría anécdotas sobre la devoción cristiana de su padre, y de su bellísima voz.
Su abuelita la quiso mucho, y le inculcó muchas virtudes. Acudían siempre a la iglesia, y su devoción a Dios era intensa. En su congregación, la devoción y la fé se manifestaban a través del canto. Tuviesen o no buena voz, todos cantaban en todo momento. Fue así como Ada Daniza Chura Quispe se inició en el canto.
Ada no se percató que tenía buena voz, ni tampoco soñaba con ser cantante. Formaba parte de los coros, y lo que importaba era la devoción al interpretar las canciones. Su abuelita quería que Ada continuase cantando para Dios y la iglesia. Pero su destino tomaría otro rumbo.
Corría la década de los ochenta. Su madre estuvo muy ausente, pues se la pasaba trabajando. Tiempo después, su madre tendría un nuevo compromiso. Ada y sus hermanos se mudaron a la casa de su padrastro, a vivir junto a su madre y sus dos hermanastros.
Fuera de la iglesia, Ada quedó fascinada con las baladas de Yuri, Ana Gabriel, Pandora y José José. En los años noventa, descubriría la música de Gian Marco, cuya voz sensual la influiría profundamente. Al escuchar sus temas en la radio, Ada se paraba a cantar frente al espejo. Ada afinaba su voz con dulzura, con ese susurro que parece acariciar los sentidos. Desde entonces adora la música romántica.
En esos años, su colegio, “Coronel Bolognesi” de Tacna, organizó el concurso anual “Festicanto Bolognesiano.” Su profesor hizo que los alumnos tomaran una prueba de canto. Ada era tan tímida que le suplicó al profesor para tomar la prueba en el recreo. Al escucharla cantar, su profesor reconoció su gran talento, y le pidió que participara en “El Festicanto”. Ante la renuencia de Ada, éste insistió: “si no cantas, te jalo.” Ada cedió. En el día de la presentación, el profesor hizo que dos alumnas la acompañaran al estrado, para darle valor. Demás está decir que Ada cantó, y cautivó. En los años siguientes, ganaría aquel certamen en dos ocasiones.
Al fallecer su abuelita, Ada dejó de frecuentar la iglesia. Al culminar la secundaria, atravesó una etapa de carencias y de dudas. Obtuvo buenas notas en el colegio, y su plan era estudiar en la Universidad Jorge Basadre. Pero pronto se desanimó. Decidió trabajar como obrera en una fábrica, en donde empaquetaba manualmente cajitas de leche. Al trabajar en esa fábrica descubrió la cruda realidad de las mujeres obreras.
Decía Marx que ‘lo abominable de las fábricas son las condiciones en las que el trabajo se realiza..’ Labores repetitivas que deshumanizan, y que aniquilan el pensamiento y el albedrío. Ada lo vivió en carne propia. Confiesa que fue un trabajo muy sacrificado, pues la producción continuaba de día y de noche. El cuerpo le dolía y a veces tenía que amanecerse para trabajar en ambos turnos. Sólo lo soportó por unos meses y luego renunció.
‘Luché mucho por lo que soy, y voy a salir adelante.’
Sin saber que hacer, decidió estudiar secretariado. En eso quedó embarazada, a sus 19 años. Tuvo desentendidos con el padre de su hija. Se separaron, y Ada se convirtió en madre soltera.
Luego de dar a luz, Ada hallaría un puesto como secretaria, pero le pagaban muy poco. Sin medios para mantener a su hija, decide emigrar a Chile. Su madre se encargó de la bebé. “Tengo que aprovechar esta oportunidad… No me puedo quedar así, no quiero abandonar mis sueños… Necesito ser algo en la vida,” dijo Ada, al despedirse de su madre. Emigró a Iquique como indocumentada.
Trabajó como empleada doméstica, y luego, como nana. Le fue difícil adecuarse a ese estilo de vida. Sobre todo, el cuidar a niños que no eran suyos. Ada pensaba en su propia hija, Antuaneth, y la embargaba la tristeza. Estar sin su hija fue un golpe durísimo, y se pasó muchas noches llorando a solas: “Durante esos momentos difíciles que yo pasé, nunca toqué puertas, ni me atreví a decirle a nadie que la estaba pasando muy mal..”
Tiempo después, Ada trabajó en una heladería de Iquique. Su condición de extranjera e ilegal le causaron problemas. A diferencia de los otros empleados, Ada trabajaba con más ahínco, y aceptaba quedarse horas extra. Aquello ocasionó el recelo de algunos empleados, e incluso fue maltratada por uno de ellos. Ada no les hizo caso, pues no valía la pena. Se pasaba los días pensando en Antuaneth, y prefirió enfocarse en su trabajo.
En esa etapa, Ada recibió el apoyo emocional de su madre. “Mi madre es una mujer muy luchadora y muy generosa. No fuí la hija que ella debió tener….en su momento, yo creo que la defraudé..,” nos cuenta. Pero a pesar de los desentendidos, su familia siempre sacó la cara por ella. Su vida dió muchos giros por la muerte de su padre, y el nuevo compromiso de su madre. Y viviendo en el Perú, uno recibía muchos golpes para salir adelante. A su familia le pudieron faltar muchas cosas, pero eso sí, jamás les faltó amor.
Luego de vivir por dos años en Chile, Ada decidió volver al Perú.

Al volver a Tacna, le costó hallar trabajo. Ada había cumplido 24 años. Los trabajos escaseaban. La plata no alcanzaba. La gente se buscaba cualquier cachuelo. Ada pasó semanas buscando un trabajito, pero sin suerte.
Un día, alguien le tocó la puerta. Era un tecladista, al quien le llamaban “Cachito,” y que la conocía desde la época del “Festicanto.” “Cachito” también buscaba un trabajo, y la convenció a formar un grupo musical. Por entonces Ada no sabía cantar, pero tuvo que aceptar la propuesta de “Cachito.” Se forzó a aparecer en el estrado, vencer su timidez, e interpretar baladas y temas criollos con un estilo muy improvisado. Se presentaba los fines de semana, en el restaurante campestre “El Patroncito.” Se ganaba un “bolito” por cada show, que duraba dos horas. El bolito era un monto ínfimo pero igual ayudaba con los gastos.
‘En realidad, yo no cantaba por amor al arte…era madre soltera y mantener a mi hija era mi prioridad..’
Eran los inicios de 1998. Ada había pasado cuatro meses cantando en “el Patroncito.” Fue entonces que el promotor musical Mario Aguilar la contactó. Aguilar había trabajado anteriormente con el músico Tito Mauri y la intérprete Rossy War. Pero pronto tuvo serios problemas con ambos. Se dice que el promotor se retrasaba con el pago de los contratos, y se quedaba con la mayoría de la ganancia. Aguilar había ayudado a promover a Rossy War, pero luego del altercado con Mauri, buscó otra solista de “tecnocumbia” con quien trabajar.
Aguilar le ofreció el puesto a Ada. El trabajo era a tiempo completo. Ada cuenta que Aguilar la sometió a un régimen imparable de ensayos. Mañana y tarde, Ada y los integrantes de “La Nueva Pasión,” Pedro y Pablo Mendoza, se prepararon arduamente. Ensayaron nuevos temas, descartando unos, y mejorando otros, de un género aún inédito para Ada: la tecnocumbia.
En ese tiempo Aguilar promovía también a las bandas Bolivianas “Enlace,” “Enigma” y “Clímax.” Aquellas bandas tocaban cumbia romántica, y tenían pegada en la Selva Central. Durante los ensayos de Ada, al productor se le ocurrió adaptar unos temas Bolivianos: “el Amor se pesa” y “Llorando tu adiós”. Además, Pedro Mendoza compuso los temas “Te arrepentirás” y “Dame tu cariño.” En esa inacabable serie de ensayos, prepararon sesenta temas, de los cuales seleccionaron sólo dieciséis. Dos meses después, el productor los envió a Lima a grabar su primer LP, titulado “Llorando tu partida.”
Los asesores de Aguilar tuvieron sus reservas. Aquel álbum era un medley de temas anteriormente interpretados por otras bandas latinas. Si nunca antes fueron éxitos, ¿por qué habrían de serlo con Ada? Además, en ese tiempo estaban de moda los grupos de cumbia con chicas altas, carismáticas y de buena presencia. Los promotores sabían que las caras bonitas y las buenas siluetas vendían. Por todo ello, Aguilar no estaba convencido del potencial de Ada, y dudaba en publicitar su nombre. Al principio sólo quiso llamar a la banda “La Nueva Pasión” y dejar el nombre de “Ada” de lado. Al inicio a Ada le dolió la poca fé que su productor tenía por ella, pero decidió demostrarle que la subestimaba.
Pronto se iniciaron las giras de promoción. Como nadie conocía a Ada, Aguilar decidió incluirla como telonera de los grupos Bolivianos en sus conciertos por la Selva. Ada recuerda bien su primera presentación. Sucedió en Pichanaqui, Chanchamayo. Habían planeado presentarse junto al grupo “Enlace,” pero el grupo Boliviano no pudo llegar. “Ada y La Nueva Pasión” tuvo que encargarse del concierto, que iba a durar siete horas. Eran unos perfectos desconocidos. Cuando subieron a la tarima, el público se desconcertó. ¿Quiénes eran ellos? ¿Dónde estaba Enlace?. Ada intentaba sonreír, pero ella y su grupo recibieron pifias y miradas de rechazo. Algunos se marcharon decepcionados. El local se quedó con menos de cuarenta personas. En ese instante, Ada temblaba de miedo y no supo que hacer. Pero entonces tomó el micrófono, y empezó a cantar. Poco a poco, las horas fueron pasando, y el público comenzó a animarse. El concierto terminó a las cinco de la mañana.
Luego vendría una vorágine de presentaciones, eventos, conciertos, festivales, en una gira por todo el Perú. Aguilar les consiguió muchos contratos. Durante año y medio, Ada y su grupo prácticamente vivían en los buses. “En esa época los conciertos duraban seis horas, y lo demás era sólo promoción,” dice Ada. Dormían durante los viajes, y despertaban exhaustos. Al llegar a cada pueblo, se preparaban para los eventos, conciertos, fiestas, y entrevistas en las radios o periódicos. Ni siquiera podían hospedarse en un hotel. Al llegar a un local, a Ada le entregaban agua en un balde para asearse y maquillarse a la volada.
‘A mí la gente del pueblo me quiere así tal como soy, y yo soy del pueblo.’
Esta transición fue muy esporádica, y le afectó. Además, ella y su grupo se sentían explotados, pues les pagaban muy poco. Ellos trabajaban todo el día sin descanso, y el constante ajetreo era muy extenuante. Pero con la excusa de “recuperar su inversión,” el productor se llevaba todas las ganancias. Al principio Ada no protestó pues necesitaba mantener a su hija, pero el ritmo imparable de las giras la desalentó. Algunos días sentía bajones emocionales que por momentos la paralizaban. “No siempre fuí una chica sonriente, sino que sufría mucho en el fondo,” confiesa. Pero luego se ponía fuerte y se repetía: “Luché mucho por lo que soy, y voy a salir adelante.”
Estar con la gente fue un gran consuelo para ella. “Mi público era como yo y siempre me sentí parte de ellos,” dice. Además, la gente, al verla tan atareada, le ofrecía ayuda. Algunas chicas le ayudaban a ponerse el traje o a maquillarse. Otros les regalaban dulces o víveres para que los comiesen durante el viaje.
Al recibir el cariño de la gente, Ada entabló amistad con decenas de fans. Incluso, como era telonera de otras bandas, al terminar sus presentaciones, Ada se bajaba de la tarima y se ponía a celebrar con la gente por varias horas. Aquello desataba las furias de su productor. Muchas veces, él le resondró: “¡No hagas eso! ¡No te juntes con la gente! ¡Eres una artista y tienes que mantener tu distancia y tu imagen!” Ada suspiraba resignada, pero rara vez le hizo caso.

El público siempre la quiso mucho. Es por eso que cuando la prensa huachafa la denominó “la feita de la cumbia,” a Ada le causó gracia. Les respondió: “A mí la gente del pueblo me quiere así tal como soy, y yo soy del pueblo.” En los meses siguientes, su fama y su éxito “crecieron como la espuma,” nos cuenta. Ada jamás imaginó que alcanzaría tamaña popularidad, y se sintió muy afortunada.
Con sus experiencias como Peruana y como mujer, Ada ha encarnado algunos paradigmas de las clases populares. Al repasar su vida, sólo se pueden evocar similitudes con los dos máximos íconos del pueblo: Sarita Colonia y Lorenzo Palacios “Chacalón”. Ambos hijos de provincianos, o provincianos, humildes, o huérfanos (en el caso de Sarita). Personas honestas, trabajadoras, hijos del pueblo, olvidados, menospreciados, que lucharon por sobrevivir en los ambientes más injustos y hostiles.
La experiencia de Ada se resume con lo que le pasó en Pichanaqui. Cuando su mundo parecía desmoronarse, Ada comenzó a cantar, y paulatinamente alegró y embelleció todo alrededor.
Eran los últimos años de la dictadura, y entonces se ventilaban los escándalos de las masacres, la represión, y la corrupción. Como decía Borges, “las dictaduras sólo deshumanizan y envilecen.” Y claro está, el Perú no fué la excepción. Pero la aparición de Ada fue como un elixir, ya que introdujo un original toque de sentimiento a la música cumbia. Con Ada Chura, la cumbia peruana se pudo dar el lujo de ser desenfrenadamente sentimental. En una sociedad envilecida por el autoritarismo, la melodiosa voz de Ada purificó el alma del pueblo, con un elevado nivel de emoción y sensibilidad.
Las letras de sus canciones son melancólicas, y hasta desgarradoras. Pero su magnífica voz las vuelve profundamente humanas. Ella, que ha visto al público lagrimear con sus canciones, cuenta que está muy comprometida en que la gente sienta, pues esas historias forman parte de la vida…. “la decepción, el despecho, el abandono, la soledad….es una realidad..”

Los críticos no apostaban por Ada pues sus canciones eran una “recopilación.” Su éxito fue algo insólito para ellos. Ada, y el mismo paso del tiempo, les revelaría la llave mágica de todo arte: la interpretación. Es decir, el reciclar viejos elementos, para añadirles una esencia personal, y reinventarlos de pies a cabeza.
Su primer álbum, “Llorando tu partida,” por su originalidad y su vasta influencia, se va perfilando como una obra maestra, un álbum seminal y un hito para la cumbia de este siglo, e incluido en la lista de los mejores discos en la historia de la cumbia Peruana, al lado de leyendas como ‘Los Destellos,’ ‘Pintura Roja,’ ‘Los Shapis,’ ‘Chacalón,’ ‘Vico y su grupo Karicia,’ el ‘Grupo Maravilla’ y ‘Agua Marina.’
Ada es sencilla, humilde, y de sonrisa franca. Aunque ha recibido incontables homenajes, ella rehuye de las etiquetas de “reina” o “ícono” de la cumbia. Por el contrario, descree de las tendencias de romantizar a los artistas, pues ella asegura que los honores sólo deberían recaer sobre el pueblo. Claro, la idolización de artistas son cosas del marketing, pero son también esferas irreales que hipnotizan al pueblo, distrayéndolos de lo importante, y despojándolos así del gran poder que poseen. Por eso ella siempre se ha mantenido al margen del escándalo y de los dimes y diretes del mundo del espectáculo. “A mí el desmedido apetito por la fama o el dinero no me interesa. Yo prefiero estar en paz, en mi casa, tranquila, y con mis hijos, pues soy muy hogareña..”
Al relatar la vida de Ada, sólo intentamos retratar la realidad, sin tapujos ni tergiversaciones. Ya que, como decía Voltaire, el pueblo debe aferrarse a la verdad y defenderse de “aquellos que complotan para engañarlos y enceguecerlos.”
La vida de Ada no es una más de las historias de “superación y progreso,” o el usual gato por liebre que los medios intentan vender. En realidad, es la historia de una auténtica hija del pueblo, que, ante las injusticias y dificultades, las enfrenta para descubrir en su interior una virtud muy íntima, que la ayuda a hallarle un sentido a la vida. Su vida refleja el coraje de una Tacneña que sobrepasa sus limitaciones y emerge victoriosa, sin ningún ímpetu de triunfo material, sino, con una victoria más profunda y duradera: la de tener la integridad y la dignidad intacta.
Por todo ello, la vida de Ada es como un espejo por el cual el pueblo puede verse reflejado nítidamente.𝔖
