Culture PERU

El Discreto Encanto de los Alemanes

Por alguna razón, siempre me hice amigo de algún alemán

Un día le pregunté a mi amiga Kate: ¿Porqué será que los alemanes siempre tuvieron grandes filósofos? Ella, quién tenía un novio alemán, respondió: “Muy obvio. Lo compruebo cuando la familia de mi novio viene aquí a Nueva York. Todos tienen algo de neurótico, son un poco bipolares y hasta depresivos..imagino que por ahí está la cosa. Mi novio es igual..”

Recuerdo haberme reído aquella vez. No sé si se pueda atribuir un único temperamento a todos los miembros de una nación. Eso sería absurdo pues toda persona es original. Pongo de ejemplo a mis dos mejores amigas de adolescencia: Stayci y Ruth. Cada una tenía una virtud en particular, una magia u originalidad que definía su persona. En el Perú deben haber millones de “Stayci” y “Ruth” y también “Felipes” y “Carlos” y otros más. Aunque todos sean Peruanos, ninguno encaja bajo un sólo temperamento.

Aunque no negaré que los Alemanes tienen un don: tarde o temprano, siempre llegan a conseguir lo que se proponen. ¿Cómo lo sé? Desde que me mudé a New York, he conocido muchísimos alemanes. Lo más extraño es que esos encuentros fueron puramente casuales. No sé si yo los busqué inconscientemente a ellos o ellos a mí. Pero en vez de conocer a los cientos de franceses, italianos, o españoles que viven en Nueva York, siempre me he topado y hecho amigo de un alemán. Todos los que conocí desplegaban sobriedad y, sobre todo, una disciplina rígida y casi de monasterio. Se toman la vida tan en serio, que cada acción y pensamiento es de extrema importancia para sus metas a largo plazo. Es algo que siempre admiré, pues yo no soy tan rígido, y con frecuencia procuro reírme de mí mismo.

Conocí a Charlotte en un bar de East Village. Ella era originaria de Berlín, y se había mudado a Nueva York hacía apenas unos meses. Desde que entablamos conversación, supe que Charlotte era muy observadora, crítica, y una maestra del sarcasmo. Tenía una manera indirecta de criticarlo todo, sin rodeos ni pudor. Y también podía soltarte tus verdades en el rostro, hábito que sus amigos no recibían nada bien, aunque luego casi siempre se lo agradecían. Pero todos los que fuimos sus amigos sabíamos que esa honestidad brutal en el fondo era un mecanismo de defensa. Muy en el fondo, Charlotte era muy frágil, sentimental y sensible.

Cuando tenía algún sábado libre, invitaba a Charlotte a mi departamento. Ella decía que le fascinaba la comida peruana, y cuando podía le preparaba una causa rellena o una jalea. Nos pasábamos la tarde escuchando canciones de Stevie Ray Vaughan y John Coltrane, comiendo, y bebiendo cervezas y buenos vinos. En los veranos optábamos por sentarnos en la terraza. En esa época yo había adquirido una parrilla y cada vez que la invitaba le asaba carnes de res y pollo. Ella sólo se limitaba a observar su Iphone, sentada en un rincón. Ambos teníamos un apetito voraz, y nos devorábamos casi dos kilos de carne y una botella de salsa picante entre los dos. Ella fumaba sin parar mientras comíamos.

Nunca tuvimos una gran química, y ni siquiera después de bebernos dos botellas de vino. Hablábamos muy poco o casi nada, y nuestras tardes se pasaban en extensos silencios. A veces me contaba sobre sus planes (o lo que pensaba que eran sus planes). Había estudiado administración pero no sabía que hacer con su vida. Apenas encontraba un trabajo, como secretaria o administradora, lo abandonaba al poco tiempo. Eso no es para mí, me decía, mientras observaba ensimismada el suelo de la terraza.

A sus 24 años, Charlotte todavía tenía tiempo de enderezar su vida. No se estresaba por sus gastos pues su madre le enviaba una mensualidad desde Alemania. Y mientras hacía experimentos en su vida laboral, Charlotte también experimentaba con su vida amorosa. Tuvo varias relaciones pasajeras con bomberos, policías, guardaespaldas privados, guardianes de discotecas, y hasta con un agente del FBI. Me pareció peculiar que todos los que fueron sus novios trabajasen en puestos de autoridad o que diariamente confrontasen el peligro. Claramente había algo allí. Nunca se lo mencioné, ni intenté bromearle, sabiendo lo sensible que era.

Una vez Charlotte me invitó a una reunión con sus amigos. Luego de asistir pude entender la causa de su desasosiego. Todos sus amigos, alemanes ellos, ya tenían carreras empezadas, puestos establecidos, conexiones respetables, etc. Unidos bajo aquel mandato tácito de cumplir todo lo que se proponen, Charlotte se sentía en desventaja ante ellos. A sus casi 25 años, ella todavía no se había propuesto ni logrado nada.

Semanas después, sin embargo, me llamó por teléfono muy entusiasmada. Me dijo que había conseguido un trabajo como manager de un lujoso hotel en Midtown, Manhattan. El puesto le fascinaba y me aseguró que “finalmente había encontrado su camino.” Aquella noticia me levantó los ánimos. Tras un año de ver a Charlotte en tropiezos, finalmente podía verla feliz.

Pero la nueva vida de Charlotte recién empezaba. Dos meses después, a todos sus amigos nos sorprendió con un anuncio. Acababa de conocer un hombre seis años mayor que ella. Se había enamorado de él y en seis meses se casarían. Su prometido trabajaba en el campo de las bienes raíces, y era dueño de varios edificios en Queens.

Ahora me puedo ver en la boda de Charlotte, tomándole fotos frente al altar. La ceremonia y celebración se dió en una finca en las afueras de la ciudad. La fiesta duró un día entero, con un breve receso al mediodía. Las numerosas familias de ambos novios estuvieron presentes, y prácticamente se tiró la casa por la ventana. Esa tarde conocí a los padres de Charlotte, que eran gente muy elegante y educada. Su madre trabajaba para el gobierno alemán, y su padre era líder de una banda de jazz. Me comentaron que Charlotte les había hablado mucho de su amigo, “el Peruano.” Días después, en una reunión aparte, la madre de Charlotte me obsequió un CD de jazz que todavía conservo.

Todos adoramos los finales felices. Y si terminaba aquí, éste también hubiese sido un final feliz. Pero como sucede en las tragedias griegas, nadie sabe con certeza si fuimos realmente felices sólo hasta el día en que morimos. Un año después, las sorpresas comenzaron a llegar. Primero, me enteré que mis dos íntimas amigas de juventud, Stayci y Ruth, se habían comprometido, ese mismo año, con dos alemanes. Stayci, en un viaje a Europa, y Ruth, a través de una beca de estudios que obtuvo. Y cuando yo trataba de darle sentido a esas extrañas coincidencias del destino, me llegaron noticias de Charlotte por medio de una amiga común, Julia.

Charlotte, una vez más, dejó que las dudas la dominaran. Súbitamente renunció a su puesto de manager en el hotel porque “no se sentía realizada.” Pero lo que causó un tremendo shock fue que Charlotte decidió divorciarse de su esposo sin ningún motivo aparente. Esa separación había levantado muchas habladurías y chismes en su círculo social.

Aunque lo que ella hizo después probablemente la convirtió en la mujer más hablada de la comunidad alemana en Nueva York. A dos semanas de abandonar el hogar de su ahora ex-esposo, Charlotte se fue a vivir a una pobre barriada del Bronx, al lado de un hombre marroquí de quien se había “enamorado perdidamente.” Sus amigos comentaban escandalizados que el marroquí, además de musulmán, trabajaba como portero de un mísero edificio. Algunos se burlaron, otros se lamentaron, y otros no pudieron creerlo. En ese mes todos sus amigos prácticamente se rasgaron las vestiduras, por así decirlo.

Charlotte les había comentado que ahora sí era feliz, y por eso mismo ya llevaba un mes y medio de embarazo. Embarazo. Aquel golpe de gracia provocó que muchos dejaran de hablarle o hacerle algún tipo de invitación. Lógicamente, todos esos cambios tan precipitados tuvieron otras secuelas. Escuché que la madre de Charlotte, producto del shock, andaba recibiendo tratamiento psiquiátrico.

El drástico cambio de Charlotte me sorprendió. Aunque a comparación de sus amigos, su separación y su nuevo romance a mi sí me hicieron muy feliz. Me enorgullecí de ella y de haber sido su amigo. Justo anoche recordaba una de nuestras ahora lejanas tardes de verano en la terraza. Mientras ella fumaba, sosteniendo una copa de vino, interrumpió uno de nuestros largos silencios para decirme: “Que se vaya al diablo el mundo. Casi siempre uno tiene que herir a los demás para poder ser generoso consigo mismo. El tiempo es corto, y uno hace lo que tiene que hacer…”

Aquella vez no atiné a responderle. Sólo le ofrecí mi silencio, el cual ella entendía perfectamente. Ambos miramos el suelo, y yo seguí disfrutando de su compañía, de su silencio, y de su discreto encanto alemán.

Y ella lo presentía.𝔖

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