Una mañana, al revisar la sección de arte del Washington Post, encontré un aviso de letras diminutas que anunciaba que el escritor Mario Vargas Llosa ofrecería una conferencia en el Folger Shakespeare Library. La conferencia estaba pactada para las ocho de la noche. Sin pensarlo demasiado, decidí asistir al evento.
Era el Verano del 2003. Con tan sólo veinte y dos años, me encontraba viviendo en Washington D.C desde hacía un año atrás. En Junio del 2002 le dije a mis padres que me marcharía a Estados Unidos por un tiempo. Por entonces no sabía que hacer con mi vida y entendí que este viaje me serviría. Necesitaba explorar el mundo y sumergirme en experiencias. Fue quizás una forma de evadir un futuro que entonces se vislumbraba muy incierto.
En los primeros meses la pasé bien. Recorrí la ciudad, visité museos y librerías, asistí a conciertos de jazz, y descubrí la comida norteamericana. Alojado en un hotel barato, estudiaba el mapa de la ciudad durante las mañanas, y en las tardes me aventuraba a extraviarme en sus calles. Me impresionó el orden y la pulcritud de la ciudad, además de la carencia de gente en las vías públicas. Washington es una ciudad rígida, ultraconservadora y hasta diría que fantasmal.
El aviso en el Washington Post era muy escueto. Nunca fuí un devoto admirador de Vargas Llosa. Aunque sólo había leído algunos de sus libros, por alguna razón decidí ir a verlo esa noche. Quizás fue una manera recóndita de hacerle honor a mis padres. Ellos sí que estimaban muchísimo a Vargas Llosa.
Aunque mi familia tiene una larga tradición socialista, en la ahora mítica elección de 1990, mis padres intuyeron que algo atroz se avecinaba. En la primera vuelta ambos votaron por Henry Pease. Pero en la segunda vuelta, ante la sorpresa del tsunami de ‘Cambio 90,’ mis padres no tuvieron más opción que votar por el Fredemo. Aunque Vargas Llosa representaba el conservadurismo y el libre mercado, mis padres sabían que éste era infinitamente superior a Fujimori. Como me lo dijeron esos meses, Fujimori era un improvisado, no sabía mucho, y tenía un alto grado de incultura. Y no era necesario que Fujimori dijese algo para demostrarlo. Su sóla presencia, sus gestos, y sus torpes silencios reflejaban esas carencias nítidamente.

En el período entre la primera y segunda vuelta escuché las angustiadas conversaciones de mis padres con sus amistades, colegas, y muchos de mis tíos. Todos llegaban a la misma conclusión. Si el Fredemo gobernaba, de todas formas el país no iba a caer en el desastre y el oprobio. Mario era la única opción para salvar al Perú. Si Fujimori alcanzaba la victoria, algo terrible podría ocurrir. No sabían exactamente qué, pero no se podía entregar el poder a un hombre tan ignorante e incapaz como Fujimori. En nuestra casa y círculo social, todos nos hicimos hinchas de Mario, pero a la fuerza.
La tristeza que invadió nuestro hogar el Domingo 10 de Junio de 1990 fue indescriptible. Luego del flash electoral que proclamó a Fujimori como victorioso, a mi madre se le escaparon unas lágrimas.
Esos recuerdos me invadieron esa noche rumbo al evento. Instintivamente había llevado una copia de Conversación en la Catedral para releerla en el camino. Pero no pude abrirla. Mientras viajaba en el tren que me llevaría a downtown Washington, me hice la pregunta que mis padres se hicieron durante los inicios del régimen fujimorista. A medida que los rumores de asesinatos, secuestros y torturas llegaban a los oídos de familiares, y mientras mis tíos despedían a las amistades que optaban por el exilio, mis padres se preguntaron: ¿Qué habría pasado si Mario hubiera ganado?
Al llegar al Folger Shakespeare Library, me impresioné con la arquitectura del edificio. Había llegado media hora antes del evento. El guardián en la entrada me observó de pies a cabeza. ¿Tiene usted alguna invitación, sir?, preguntó. Ante mi negativa, me pidió mi documento de identidad. Luego de darle un vistazo desganado, me dijo: Adelante.
Una vez adentro, me percaté que quizás había ingresado de suerte. Me encontraba en un inmenso reading room con mesas de cedro, sillones finísimos, y donde unos paneles de vidrio exhibían volúmenes antiquísimos de Shakespeare. Los invitados vestían elegantemente, y la mayoría llevaba invitaciones al evento. Un amigable mayordomo me ofreció un champagne. En la sala contigua habían dispuesto una mesa con aperitivos.
Vestido con una chaqueta de cuero y unos jeans, me sentí fuera de lugar. En esas reuniones nunca faltaba algún peruano. Luego de varios minutos, no encontré a ninguno. Todos parecían profesores universitarios, cincuentones, inaccesibles, y ninguno parecía hablar ni pizca de español. Fue entonces cuando, aún parado en el mismo rincón, ví a un hombre de cabellos grises que ingresaba raudamente al salón. Tenía una postura erguida y un paso decidido y enérgico. Era Mario Vargas Llosa. Cuando Don Mario atravesó el salón, mucha gente pudo reconocerlo. Pero ninguno se atrevió a saludarlo. El escritor saludó al director del evento, y luego avanzó a un salón resguardado.

El director nos invitó a pasar al auditorio pues la conferencia se realizaría en unos minutos. Al entrar, me fijé que, a pesar de que las tres primeras filas estaban repletas, el auditorio estaba casi vacío. Minutos después ingresó don Mario, acompañado de la periodista Marie Arana. Detrás suyo apareció Patricia Llosa, esposa de Mario, acompañada por otra mujer a quien no reconocí. Curiosamente, Patricia Llosa y su acompañante se sentaron en la parte trasera, muy cerca a mí, que ya me había acomodado en la última fila.
Sólo recuerdo algunas cosas de la charla. Recuerdo que Vargas Llosa confesó que escribir durante las mañanas lo agotaba mucho. Y que pasarse horas enclaustrado en su oficina lo ponía muy nervioso (al decir esto, sacudió su cuerpo e hizo un ademán). Por eso, luego de trabajar arduamente, acostumbraba dar largas caminatas por las calles de Madrid o Londres, en donde vivía por temporadas. Y claro, nunca faltó su aburrida prédica liberal, con los argumentos que ha repetido durante décadas.
Algunos de los (supongo) profesores universitarios ahogaban una carcajada cada vez que Don Mario pronunciaba mal una palabra en inglés. Vargas Llosa habla el francés fluídamente, pero el inglés nunca lo dominó a la perfección. Cuando aquellos señores volvieron a reprimir sus carcajadas, comencé a impacientarme. Sin embargo, la delicada Patricia Llosa se mantuvo imperturbable, sonríendo durante toda la conferencia.
A poco de culminar la charla, Marie Arana anunció que Vargas Llosa pasaría al salón contiguo para firmar algunos libros. Sujeté mi copia de Conversación. Esta sería mi oportunidad de conocer a Don Mario.
En un salón con muros de mármol y pésimo alumbrado, Vargas Llosa se acomodó en una mesa. Don Mario aún no era el premio Nobel, y ni siquiera era muy conocido en Estados Unidos. A eso atribuyo que sólo éramos menos de doce personas quienes esperábamos en una fila para conversar unos minutos con él. Dos guardias circunspectos flanqueaban la mesa del escritor.
Adelante mío, una señora de frágil figura y avanzada edad traía un libro entre brazos. Me percaté que, antes de iniciar toda charla, Vargas Llosa revisaba las páginas de los libros que le entregaban para autografiarlos.
Cuando le tocó el turno a la señora, ví que Vargas Llosa frunció el ceño. Le devolvió enérgicamente el libro que ella le acababa de dar. Vargas Llosa le clavó una mirada fría, y le dijo: “¡No!¡Lo lamento! Yo no puedo firmar esto por que este libro no es original. Es una edición pirata.” Ante tamaño impasse, la señora se quedó estupefacta. Entonces me pregunté: “¿Existen ediciones pirata en los Estados Unidos?.” Don Mario señaló a la señora, y le hizo un gesto a uno de los guardias que lo flanqueaban. Sinceramente, no sabía que era lo que Don Mario esperaba que el guardia hiciera.
Estando tan cerca de Don Mario, abrí atolondradamente mi libro para corroborar si era original. Yo, quien durante toda mi adolescencia había comprado libros usados en el jirón Quilca. Naturalmente, todos o casi todos mis libros eran ‘bamba,’ pirateados, de pésima impresión y páginas sueltas. Y en ese instante eterno, escuché la voz alterada de Vargas Llosa: ¡Siguiente!. Al escucharlo, instintivamente y como en un vértigo, recordé la angustia de mis padres durante las elecciones del 90, recordé lo mucho que mis padres quisieron a Don Mario, y cómo nos esperanzamos a que éste caballero nervioso, impetuoso y de violento carácter pudiera salvar al Perú del desastre inminente.
Avancé enérgicamente hacia él, sin importarme ya en averiguar si mi libro era original o pirata.𝔖
