Culture

La Callada Desesperanza de los Payasos

¡Oiga, Caballero!

Crecer en Lima durante la década de los noventa no fue fácil. Teníamos sólo diez años de edad. Varios estudiantes, cargando nuestras mochilas y loncheras, nos encaramábamos al microbús rumbo a la escuela. Sentados junto a la ventana, las calles tenían un aspecto sombrío: mendigos, soldados deambulando por las calles, niños vendiendo caramelos, accidentes de tráfico, robos a plena luz del día. Los vecindarios tenían un aura fantasmagórica debido a los nubarrones que acaparaban el cielo. Observaba este escenario habitual, mientras la radio transmitía la noticia de un ataque terrorista.

De repente una aguda voz rompió el silencio: ¡Oiga Caballero! Los pasmados pasajeros volteamos a ver: un sujeto de rostro pálido, nariz redonda y esponjoso cabello verde. Era un payaso de atuendo sucio y descuidado. Sus labios rojos cuidadosamente dibujados pronunciaban su nombre al presentarse ante nosotros. Sus movimientos y pasos espasmódicos eran extraños, con el único fin de provocar el ridículo. Este era su negocio: evocar una sonrisa en la gente para poder sobrevivir. Su apariencia era cómica. Sus pantalones holgados de rayas se extendían para dar paso a sus gigantescos zapatos. Sus mejillas salientes y sus tics faciales evocaban a una remota reencarnación de Charlie Chaplin. El payaso sostenía una bolsa de golosinas y sonreía mientras nos suplicaba que le diésemos un segundo de atención. Caminaba lánguidamente por cada asiento mientras contaba chistes. La mayoría de los pasajeros lo despedían con un gesto amargo. Otros simplemente lo ignoraban.

En mis muchos años viajando en microbuses, debo haber visto más de cincuenta payasos. Mentiría si dijera que la gente los recibía con los brazos abiertos. La mayoría eran rechazados y muchos otros se burlaban de ellos. Sin embargo, cada mañana, veía a un nuevo payaso, casi suplicándole al conductor del autobús para que éste le permitiera subir. ¿Y para qué? Sólo para ser despreciado e ignorado continuamente.

Décadas más tarde, todavía sigo fascinado con estos payasos. ¿Cómo es que cientos de ellos deambulaban las calles de Lima mientras la nación se derrumbaba bajo los yugos del terrorismo y la pobreza? Al inicio de la década de los noventa, al menos, la población estaba sumida en la miseria. Y sin embargo, estos payasos, movidos por la necesidad, dejaban de lado su tristeza y se maquillaban para vagar por las calles. Lima, la “Ciudad de los Reyes,” era entonces un Valle de Lágrimas. Masacres, coches bomba, apagones, robos, huelgas y el miedo disolvieron los últimos vestigios de esperanza. Es indudable que muchos payasos lloraban por dentro, pero tenían que reír porque a pesar de todo el “espectáculo” debía continuar. Escondían su pesar bajo la sonrisa del maquillaje, y evadían su realidad contando chistes. Los payasos maquillados se esforzaban por alegrar o hacer reír a la mayoría de nosotros, que en cierta forma también éramos unos payasos maquillados.

Muchos de los payasos provenían de los barrios marginales. Desde la década de los setenta éstos proliferaron por un densa migración proveniente de los Andes. Según la arquitecta Cristina Dreifuss, había un promedio de cuatrocientos pueblos jóvenes alrededor de Lima y Callao, con una población aproximada de un millón y medio de habitantes. Los provincianos habían huido de la violencia terrorista y emigraron a Lima buscando empleo. Algunos hablaban quechua u otro dialecto. No acostumbrados al ámbito urbano, pasaban dificultades para hallar algún trabajo. Algunos se inventaron una biografía, una historia de vida, sólo para presentarse en algún puesto. Utilizar el transporte urbano también fue una odisea. Asentados en barrios marginales y recónditos, viajaban por más de dos horas para llegar al Centro de Lima. La mayoría fueron empleados como obreros de construcción, carpinteros, sirvientas, artesanos y los que carecían de tales habilidades se convirtieron en payasos.


‘Los payasos son importantes para la sociedad, animamos a los enfermos, hacemos reír a los que están tristes, creo que es una profesión valiosa..”


Para muchos, la comedia no fue una profesión nacida del talento. Sin ninguna habilidad o mercancía para vender, éstos hombres alquilaban un lápiz labial y atuendos coloridos para aventurarse al Centro de Lima, con nada más que sus bromas. Otros payasos, cansados de viajar en autobús, preferían actuar en plazas públicas, canchas deportivas, estacionamientos, centros comerciales y el Jirón de la Unión. Con centenas de transeúntes, los payasos atraían al público con un silbato. Paseando por el Centro de Lima, a menudo le rogaba a mi madre para que nos detuviéramos a ver esos espectáculos. Mis peticiones fueron en vano; mi madre nunca lo permitió.

Años más tarde, ya adolescente, lo comprendí. El humor de los payasos era irreverente y agresivo, especialmente para un niño. Sus bromas destilaban una miríada de connotaciones sexuales, una truculenta comedia que ridiculizaba a miembros del público al azar. Sus bromas parecían reflejar la sociedad en la que vivíamos entonces. El humor de los payasos denunciaba y simultáneamente alababa al racismo, los prejuicios, el clasismo y el sexismo reinante en esos tiempos. Sus monólogos estaban repletos de insultos, jergas, palabrotas y burlas grotescas que, sorprendentemente, provocaban la risa incontrolable de los limeños. La élite peruana lo etiquetaría luego como el “humor de los pobres y de las clases bajas.” Irónicamente, esa clase de humor se originó debido a una élite mediática carente de contenido idóneo, y también, a la pauperización de la economía y de la educación. Era evidente que, para bien o para mal, esa clase de humor ya había calado hondo en la conciencia nacional. Véase por ejemplo, como el dictador Fujimori popularizó aún mas el “humor chicha” con la inserción de los cómicos ambulantes en transmisiones televisivas con altísimo rating. En un principio creía que, en cuestiones estéticas, éste humor era muy bárbaro. Ahora entiendo que no se debería juzgarlo, sino estudiarlo, tratar de comprenderlo, aceptarlo.

Tony Perejil

Una peculiaridad del payaso peruano son sus nombres con diminutivo: Tornillito, Rocotito, Tomatito, Pitillo, Lechugita, Chispita, Cucharita o Trompetita, etc. Que yo sepa, los payasos latinoamericanos generalmente no los usan. Tambíen es interesante su saludo típico: ¡Oiga Caballero! Dicha expresión todavía se escucha en su mayoría de presentaciones.

En tiempos de antaño, los payasos eran masivamente contratados por los circos del pueblo. A finales de los setenta, varios circos se habían instalado en barrios marginales. El elenco del circo realizaba desfiles y caravanas por las calles, publicitando sus funciones a través de un megáfono. Algunos payasos llevaban zancos largos para cautivar tanto a niños como a adultos. Otros simplemente sonaban sus silbatos frenéticamente. Ansiosos por atraer al público, recorrían incluso largos tramos hasta aventurarse en áreas prohibidas, donde pronto aparecía el serenazgo para expulsarlos.

Un famoso payaso peruano fue “Tony Perejil.” Irónicamente, a pesar de su fama, su información biográfica es muy limitada. Se llamaba José Álvarez Vélez. Había nacido en Arequipa, en 1923, y decadas después formó parte del elenco de un circo dirigido por los hermanos Paz. Allí, en “El Circo del Capitán Paz,” fue donde se perfeccionó en el oficio de payaso. Junto a los hermanos Paz pudo visitar diversas regiones del Perú. Para ese tiempo, ya se había autodenominado como “Perejil,” pues se dice que su madre lo llamaba así cuando era niño. Ya en Lima, Tony Perejil decide independizarse y formar su propio circo. De acuerdo a los testimonios, el circo era muy modesto, pues la vieja carpa tenía “parches y huecos por todos lados.” Inicialmente, el circo fue instalado en el asentamiento humano de “Cantagallo” en el Rímac. Pero luego que el presidente Belaúnde los desalojara en los años sesenta, el circo se trasladó a la urbanización “Caja de Aguas,” en San Juan de Lurigancho.

Desde entonces, Tony ganó fama. En ese vaivén imparable de la vida artística, se instaló periódicamente en zonas marginales. Visitó el distrito de San Martín de Porres, el barrio del Tahuantinsuyo en Independencia, el Rímac, entre otros. Conoció a muchos artistas populares, y en algunas de sus funciones circenses invitó a figuras como Chacalón, Amanda Portales y Eusebio Chato Grados. Tenía un buen corazón pues llevaba su show a los hospitales para alegrar a los niños enfermos. También participó en muchos eventos benéficos para el pueblo. El noble payaso fue un salvador: mientras la nación rebosaba de tragedias, Tony los ayudó a sobrevivir por medio de la risa.

Tony Perejil trajo felicidad a miles. Pero murió solo y olvidado, el día 25 de mayo de 1987. Ciertos artículos periodísticos aún lo mencionan, incluyendo vagos detalles de su vida. Entiendo que algún fenecido diario debió entrevistarle en vida. Hay muy pocas fotos de él en la web. Años atrás, los administradores de Wikipedia eliminaron la entrada biográfica de Tony aludiendo el motivo de su “irrelevancia.” De todas formas, la Historia siempre hace justicia. El nombre de Tony Perejil continúa apareciendo en algunos blogs, ensayos y crónicas desperdigadas en la web.

El “Circo de Tony Perejil” aún existe hasta hoy, en el barrio de Puente Piedra. Y en el distrito de San Juan de Lurigancho hay un sindicato que le rinde memoria: La “Asociación de Payasos de San Juan de Lurigancho.” Desde el año 2006, cientos de payasos conmemoran el día de la muerte de Tony Perejil como el “Día Nacional del Payaso Peruano.” Desde entonces, la asociación de payasos intenta que el gobierno declare esta conmemoración a través de un edicto oficial.

“Los payasos son importantes para la sociedad, animamos a los enfermos, hacemos reír a los que están tristes, creo que es una profesión valiosa,” dice Daniel Castro, presidente de dicha asociación. La profesión de payaso es muy dura. Y es necesario ocultar tus sentimientos en el día a día y forzar una sonrisa en tu rostro.

En el año 2013, más de quinientos payasos desfilaron por el Centro de Lima solicitando más apoyo del gobierno. Esos desfiles se han vuelvo a repetir en años recientes. Al vivir al margen de la sociedad, los payasos apenas ganan el dinero suficiente para sobrevivir. Luis Esquivel, un joven payaso, declaró: “cada vez que escuchamos en las noticias que maestros y policías se quejan por sus magros salarios, nos reímos … nos sentiríamos bendecidos de ganar la mitad de lo que ellos ganan.”

A medida que la economía mejoraba, la profesión de payaso dejó de ser masiva. Generaciones de payasos, que transmitieron su saber a lo largo de décadas, se han ido extinguiendo debido a mejores oportunidades económicas. Muchos ya lo han abandonado por trabajos más estables. Y los que hoy lo práctican sólo lo hacen por opción propia, talento personal, o puro amor al arte. Los payasos que alegraron al Perú durante su período más violento serán un débil recuerdo de un pasado que muchos preferirían olvidar. Sea como fuese, es imperativo recordar a estos abnegados artistas. A pesar del rechazo general, ellos intentaron curar a la sociedad peruana por medio del humor.𝔖