Culture

Flores en la Plaza Manco Cápac

Sátira de Domingo

Luchín abrió uno de sus viejos cuadernos. Halló lo siguiente:

“Mi amigo Gilberto está loco. Actúa como un misántropo. Se nota que desprecia mucho a la humanidad, pero él me asegura todo lo contrario. ‘Los quiero demasiado, ese es el problema,’ me dijo el otro día. ‘Los quiero demasiado, y por eso decidí que lo mejor es evitarlos y distanciarme.’ ”

Luchín recordó a Gilberto. Recordó las clases de inglés que ambos llevaban en el Británico. Gilberto era flaco, puneño, bajito y de tez oscura. Fuera de clase, algunos tarados lo fregaban, burlándose de sus dientes amarillos y medio torcidos. Gilberto no les hacía caso pues estaba embobado con las bellas muchachas que abundaban en el Británico. Para su pesar, la mayoría de ellas lo ignoraba. Pero él hacía hasta lo imposible por caerles en gracia. Su insistencia y tezón parecían de otro mundo. A los pocos días, Luchín y Gilberto se hicieron amigos.

Gilberto tenía una mente brillante. Simplemente el muchacho no necesitaba estudiar. Con sólo un vistazo, aprendía y dominaba todas las lecciones impartidas. Parecía que se había memorizado todo el diccionario Inglés-Español. Cuando Luchín le preguntaba el significado de alguna palabra, Gilberto respondía sin dudar. Seguro que te la pasas estudiando, le decía Luchín. Para nada, soy vago, respondía Gilberto. Apenas abro el libro en clase.

Gilberto tenía veintiún años, y Luchín sólo dieciocho. Gilberto había crecido en Puno. Emigró a Lima para estudiar derecho en la Universidad de Lima. No pudo acoplarse del todo y se aburrió tremendamente. En el tercer ciclo se trasladó a la Universidad de San Martín de Porres. Vivía en Santa Anita, en un cuarto alquilado.

En ese tiempo, Gilberto intentaba seducir a Laura, una de las chicas más lindas del Británico. Gilberto le contó a Luchín que Laura estudiaba en la Universidad de Lima, y que allí se habían conocido. El padre de Laura era dueño de la Mueblería Ferrini. A la salida del Británico, Gilberto se despedía de Laura, haciéndola reír. Y luego Gilberto y Luchín caminaban de largo por la avenida Arequipa.

“No me gusta Lima,” decía Gilberto. “Todos andan hipnotizados por el entretenimiento consumista. Nadie se da cuenta; dan pena,” agregaba. Luchín reía, y luego, Gilberto le preguntaba: “¿Te has preguntado para qué estamos estudiando en el Británico?” Luchín se encogía de hombros. “La verdadera escuela está en la calle, mi estimado” decía Gilberto. “No aguanté a los tontos de la Universidad de Lima. Sí son hábiles e inquisitivos, pero sólo con las cosas irrelevantes. Saben preguntar, pero no hacen las preguntas correctas….Felizmente Laurita no es así…..”

“Me hablas mucho de ella. ¿Cuando le harás una invitación formal?”

“Aún no lo sé.”

“Odio preguntártelo. ¿Qué harás si te dice que no?”

“Insistiré. Ya me invitó a su casa. Me tiene confianza. Ahora me cuenta sobre los líos que tiene con sus hermanas.”

Gilberto miró a Luchín con recelo.

“Y si me dice que no, pues seguiré distrutando de la soledad. Es la mejor compañía.”

A veces, Gilberto y Luchín tomaban un micro para llegar a la Plaza San Martín. Allí se quedaban, hablando sobre filosofía, Sócrates, Rossy War, Bolognesi, el fútbol peruano, Fujimori, y otras cosas más. Cuando hacía frío entraban a un café, a comer unos tamales, y también un postre. Otros días caminaban hasta el distrito de la Victoria. A Gilberto le fascinaba. Éste es el barrio mas bonito y auténtico de Lima, le decía a Luchín.

Un viernes se quedaron caminando por la Plaza Manco Cápac. Eran ya las seis de la tarde. Gilberto coqueteaba con las prostitutas más viejas que hallaba en las esquinas. Solía abordarlas diciendo: “¡Qué linda flor!” A Gilberto le encantaba que los transeúntes lo vieran así. Luchín se reía. Sabía que Gilberto no se acostaba con prostitutas, y que sólo hablaba con ellas porque, según él, eran “unas fuentes de sabiduría.”

Las semanas siguientes retornaron al mismo lugar. A veces, Luchín era vencido por el pudor y se avergonzaba que la gente viera a su amigo coqueteando con prostitutas. Los transeúntes se reían, y otros hacían gestos desaprobatorios. Luchín le preguntó a Gilberto por qué le gustaba exponerse así en público. Gilberto le dijo: “También lo hago para escandalizar a la gente. Algunos se guardan muchos traumas, Luchín.”

Luchín le preguntó que si no creía que seducir a prostitutas era inmoral. Gilberto dijo: los curas de tu colegio te jodieron la mente, Luchín, deberías enjuiciarlos por arruinarte la vida.

Pararon en una esquina a esperar un autobús. Un joven tullido andaba pidiendo limosna. Luchín no estaba preparado para lo que vendría. Gilberto se acercó al mendigo y le preguntó: “¿Por qué no encuentras trabajo?” El mendigo se enojó: “¿Acaso estás ciego, huevón? ¿No ves que me falta una pierna?” Momentos después, Gilberto le dijo a Luchín: “¿Ves? A la gente no le gustan los desafíos. Se excusan con una buena razón…cuántos males se esconden detrás de una excusa.” Más tarde dijo: “Al menos ese tipo tenía una excusa. Conozco a muchos malgastando su vida sin ninguna excusa. ¿A qué se deberá, Luchín? ¿Pereza? ¿Cobardía?”

Luchín le dijo que aún no terminaba el ensayo que les habían asignado en el Británico. Gilberto replicó: “descuida, ese profe es un tarado.” Y segundos después: “Eres un procastinador, Luchín. Siempre te veo posponiendo todo. Cada vez que pospones algo, multiplicas tus dolores de cabeza.”

“¿Y tú ya lo terminaste?”

“No, eso se hace en un dos por tres.”

Luchín miró a Gilberto, casi con envidia, y le dijo: “Eres brillante, amigo. Cuida tu cerebrito, porque a veces te podría llevar a sitios tenebrosos.”

“Bah. Preocúpate más en disfrutar la vida. El tiempo se nos irá muy rápido de las manos. Vive y goza todo lo que puedas, Luchín…..es un error no hacerlo.”

Luchín cerró su cuaderno. Recordó haber leído una frase algo parecida en un libro de Henry James. Se preguntó que habría sido de Gilberto.

Abrió el buscador de Google. Escribió el nombre de su amigo.

Encontró la foto de Gilberto en varias noticias. Estaba siendo procesado por corrupción, coludido con un ex-presidente que, hacía poco, se había suicidado de un balazo.𝔖