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Belaúnde: Detalles sobre la Masacre de los Mayoruna

La intervención de la C.I.A y Wall Street

Se ha escrito muy poco sobre las masacres de Belaúnde en la Amazonía. A este punto, los atrocinios y asesinatos cometidos contra las comunidades selváticas ya parecen difamaciones o medias verdades. Este vacío educativo e informativo sólo confirma, una vez más, que todavía existe la censura. Por supuesto, las pruebas testimoniales de dichos crímenes existen. Y es necesario dejar constancia de ellas.


 

E

n el año 1962, el estudiante Stefano Varese se sentía motivado. Tenía tan sólo veintidós años y realizaba estudios de doctorado en Antropología en la Pontificia Universidad Católica del Perú. Stefano nació en Italia, pero residía en Perú con su familia desde mucho tiempo atrás. Stefano adoraba el Perú, y era un apasionado de sus culturas ancestrales. Heredó dichas inquietudes de su padre, también un antrópologo, quien había emigrado al Perú para estudiar a sus tribus indígenas. Según Stefano, cuando él aún era pequeño, su padre lo llevó a visitar el desierto de Sechura, la cordillera Andina, y también las junglas del valle del Huallaga.

Poco antes de iniciar su doctorado, el entusiasmo de Stefano sufrió un revés. Ocurrió en un viaje realizado a una extensa hacienda Cuzqueña, cuyo propietario era nada menos que la Iglesia Católica. Por entonces, Stefano sabía que existían constantes agitaciones campesinas, y también había escuchado rumores de ínfimas rebeliones en la Sierra. El jóven Stefano, que había vivido mayormente en Lima, no entendía a que se debían exactamente. Fue durante su estadía en esa hacienda Cuzqueña, y al conversar con los indígenas y campesinos, donde descubrió la realidad. Los indígenas andinos sufrían una inmensa “pobreza, hambre, explotación, humillaciones constantes,” y una discriminación sistemática. Decir que los indígenas vivían bajo un feudalismo es insuficiente. Era un estado similar al de la esclavitud.

Para el jóven Varese, descubrir esa cruel verdad fue estremecedor. Sus rigurosos profesores universitarios le habían inculcado las virtudes académicas de la cordura, la investigación mesurada, y el razonamiento sobrio. Pero al haber sido testigo de tamaño sufrimiento, Varese sintió que mantenerse neutral o asumir un sobrio academicismo lo harían un complice tácito del abuso contra los indígenas. Empezó a componer bocetos sobre dichas experiencias.

En ese año, 1962, Stefano se alistaba para efectuar continuos viajes a la Amazonía Peruana. Como tema de su investigación doctoral, que duraría alrededor de cinco años, Varese había decidido estudiar a las tribus Ashaninka del “Gran Pajonal” en la Selva Central. A fines de 1962, Varese se familiarizó con los misioneros Católicos y Protestantes, y también con las fuerzas militares que dominaban la región. Para un jóven estudiante como él, tales contactos podrían ser unos guías muy útiles en aquella agreste región. Recordando esa época, Varese ahora lamenta dichas asociaciones por que, tácitamente, estos colonizadores no le brindaron un fiel recuento de lo que realmente estaba ocurriendo en la Selva desde hacía tiempo. Pero al año siguiente, 1963, Varese descubriría (y de que forma) que aquella realidad era mas atroz de lo que imaginaba. En ese año, en Julio precisamente, Fernando Belaúnde Terry asumía la presidencia del Perú.

El Servilismo de la Prensa Peruana


Ya se conoce en demasía sobre el proyecto “modernizador” del Presidente Belaúnde. Apenas asumió la banda presidencial, éste puso manos a la obra. Su objetivo fue deforestar la vasta Selva Peruana y construír una carretera. Esas regiones poseían mucho potencial para el capital extranjero. Sin ir muy lejos, la madera de una sola región selvática puede generar un promedio anual de 200 millones de dólares (estimación actual). Una cifra minúscula comparada a las ganancias estimadas por la probable presencia de yacimientos petroleros. Belaúnde ya contaba con el apoyo financiero para explorar la región, como el de la International Petroleum Company, filial del Imperio de los Rockefeller. En el primer año, Belaúnde envió a centenas de colonizadores a la región: técnicos, geólogos, misioneros, constructoras y compañías “Peruanas,” que en realidad eran financiadas por Estados Unidos.

 

 

Stefano Varese en la Amazonía

El periodista francés Lucien Bodard realizó una exhaustiva investigación sobre la Amazonía Brasileña. En su libro ‘Masacre en la Amazonía’, Bodard asegura que muchas comitivas colonizadoras eran gestionadas por agentes militares Estadounidenses, intermediarios de Wall Street, y también, por agentes de la C.I.A. Tanto la C.I.A como los militares estaban allí para imponer el órden, en caso las tribus se rebelaran. Eran, por así decirlo, el resguardo militar de dichas comitivas. Bodard, luego de un trabajo de campo exhaustivo, determinó que dichos operativos eran discretos. “No se consideraban agentes secretos, pero actuaron muy confidencialmente. Su tarea era la exploración geológica, y la búsqueda de yacimientos petroleros, de uranio y otros metales, para que así las corporaciones norteamericanas vinieran a explotar esos recursos naturales….el gobierno regional los asistía, pero eso se mantenía en absoluto secreto, pues no querían que la gente tuviera la impresión que los Estados Unidos venían a saquear y robarles sus recursos,” reportó Bodard.

En el Perú, Belaúnde formó una alianza con la élite mediática para construir un consenso. Y he aquí donde entró a tallar el servilismo de la prensa Peruana. Se transformó en un estercolero que, día tras día, se empeñó en criticar, desprestigiar, y por último, calumniar a las tribus “sanguinarias y salvajes” que se oponían a la marcha del progreso. Como lo explicó Varese, en los medios de prensa se tejieron historias absurdas, como aquella que las tribus eran conformadas por “gigantes”, que además eran “caníbales.” Cuando surgieron los primeros conflictos entre colonizadores e indígenas, la astuta prensa publicó que las tribus (las mismas tribus que no hablaban español ni sabían manejar un rifle) estaban coludidas con la guerrilla y con Fidel Castro. Increíblemente, esas mentiras dieron fruto. Todo se trataba de saber justificar las muertes, y la prensa hizo bien su trabajo. En esos meses, por ejemplo, los militares asesinaron a un inocente aldeano llamado Pedro Chubianti, de la región de Pangoa, en San Martín. Luego de ser acribillado, arrojaron su cuerpo al río.


‘Se pone en conocimiento de los habitantes de esta zona que si en caso de seguir cometiendo crímenes y robos… serán exterminados por bombas y gases asfixiantes que serán lanzados por la aviación y las fuerzas terrestres que harán lo propio. Si cambian de actitud serán recibidos con los brazos abiertos en el seno de la civilización, así lo ha dicho el presidente de la república Fernando Belaúnde Terry’


Belaúnde dió carta blanca a los técnicos y colonizadores para someter a las tribus que se rehusaran. La poderosa maquinaria deforestadora se encargó de arrasar y quemar los campos de cultivos y territorios en donde numerosas tribus habían residido por décadas. Varese también sabe que los colonizadores utilizaron otras técnicas de exterminio. Por ejemplo, aprovechando que el sistema inmunológico de las tribus era débil, las patrullas colonizadoras obsequiaban “telas que habían estado en contacto con enfermos infecciosos,” desatando así pandemias y muerte. Tales noticias pusieron a la comunidad del Gran Pajonal en un estado de paranoia. Tal fue su desconfianza, que estuvieron renuentes a recibir cualquier comitiva foránea. Además, los nativos recibieron las noticias que, kilómetros más alla, en los bosques Mato Grosso del Brasil, a una tribu les habían obsequiado azúcar que había sido previamente mezclada con arsénico. Casi toda esa tribu murió envenenada. Un misionero denunció los hechos, pero los crímenes quedaron impunes.

En esos años, Varese escuchó espeluznantes rumores sobre matanzas ocurridas en la Selva brasileña. La C.I.A había montado un sofisticado aparato de exterminio. A las tribus que se rebelaban, los exterminaban por medio de helicópteros con ametralladoras, y en caso extremo, con bombas incendiarias. Para aniquilar a los indígenas fugitivos, los militares habían creado escuadrones de la muerte, los cuales patrullaban la Selva brasileña. Aquellos escuadrones torturaban a hombres y mujeres indígenas, para luego aniquilarlos a machetazos. (En las bibliotecas brasileñas, aún se conversan fotos de tales masacres.) Al enterarse de esas noticias, los nativos Amazónicos ‘aculturados’ vivían en la angustia. Horrorizados, algunos especularon que esas inhumanas tácticas militares también podrían suceder en la Selva del Perú.

Por medio de la tradición oral, las tribus Amazónicas conocían cada detalle de las masacres contra su pueblo. Sin ir muy lejos, en el siglo diecinueve, los nativos Amazónicos fueron esclavizados bajo el imperio del caucho, al mando del inefable Julio César Arana, de la Peruvian Amazon Rubber co. La obra “colonizadora y modernizadora” de Arana no sólo consistió en prostituir a las mujeres nativas, y convertir a sus niños en esclavos domésticos, sino también, en la de haber quemado vivos a más de trescientos nativos en una ocasión. No era un caso aislado. Era un mero pasatiempo del séquito de Arana: rociar con kerosene a los nativos para quemarlos vivos. A lo largo del siglo veinte, hubieron otros colonizadores que, como Arana, infligieron terror y violencia. Por ello, no es difícil entender la hostilidad de las tribus Amazónicas hacia la obra colonizadora. En sus historias y leyendas, los nativos predecían que las atrocidades de la colonización, como un tenebroso reloj del tiempo, se volverían a repetir.

Inspirado en el legado de Julio César Arana, Belaúnde profesó una abierta admiración por él. El presidente entabló amistad con muchos líderes regionales, y otros empresarios de la industria maderera, como Gumercindo Flores, el alcalde de Requena, en Loreto. Belaúnde les encomendó divulgar su misión colonizadora a los nativos, exaltando las futuras represalias en caso éstos se opusieran. Fue así que se producieron pancartas dirigidas a los nativos, que se colocaron en las zonas tupidas de los bosques. En sí, esos avisos podrían considerarse una afrenta, pues esas comunidades no sabían leer.

En las pancartas se les anunciaba sin rodeos: “Se pone en conocimiento de los habitantes de esta zona que si en caso de seguir cometiendo crímenes y robos… serán exterminados por bombas y gases asfixiantes que serán lanzados por la aviación y las fuerzas terrestres que harán lo propio. Si cambian de actitud serán recibidos con los brazos abiertos en el seno de la civilización, así lo ha dicho el presidente de la República Fernando Belaúnde Terry.” Algunas fotografías corroboran la existencia de dichos carteles. Estas pruebas corroboran que Belaúnde ya les había informado del aparato tecnológico de exterminio, provisto de “bombas” y “gases.” A su vez, la alusión de las pancartas a los “crímenes y robos” eran parte de la poderosa campaña de difamación. El propósito era imputarles crímenes a los nativos, para así enviarlos a prisión, o asesinarlos.

La realidad, para los Matsés (o Mayoruna), era muy distinta. Estas tribus subsistían en lo profundo del bosque, a orillas del río Yaquerana, distrito de Requena, en Loreto. Eran semi-nómadas, y en un pasado habían sufrido traumáticas experiencias. El investigador David Fleck Suazo detalla que, a principios del siglo pasado, los caucheros al mando de Julio César Arana (el héroe personal de Belaúnde) raptaron a varias mujeres y niñas matsé, para prostituírlas y hacerlas esclavas domésticas. Además, en 1947, durante la presidencia de José Luis Bustamante y Rivero, una patrulla de soldados invadieron los territorios Matsé y aniquilaron a hombres, mujeres y niños. Fueron tantas las muertes que muchas tribus matsé migraron al Brasil, y alrededor de cuatro tribus permanecieron en Perú.

Según Varese, por entonces los Matsé habían perdido todo contacto con la civilización. Se desplazaban en la espesura del bosque, sin hacer ruido alguno. Cultivaban unas pequeñas chacras en lugares apartados y camuflados del bosque. A su vez, las chacras eran usadas por cortos períodos, en un estado de semi-nomadismo, para así no toparse con los colonizadores.

En cada uno de sus viajes a la Amazonía, Varese quedaba más desconcertado. Se topaba con más comitivas de ‘técnicos’ y más patrullas militares. Cuando abría los periódicos, Varese se frustraba al leer tantas mentiras. Las calumnias referidas al canibalismo de las tribus proseguían. Era una farsa. Los Matsé no comían carne humana. Lo hacían para un ritual religioso, muy rara vez, cuando uno de sus ancianos morían. Era la carne de alguien fallecido. No mataban por placer. No eran violentos por naturaleza. Y si llevaban arco y flecha era para defenderse de las centenas de madereros armados, provenientes de las multinacionales que habían invadido la región.

Eran años difíciles para los Mayoruna. Los madereros arrasaron y destruyeron las extensas zonas en donde ellos cultivaban sus chacras. Subsistían en la precariedad. Por entonces, ningún Matsé estaba aún enterado de las masacres que ocurrían, kilometros mas allá, en el Brasil. Varese sí lo sabía. Los rumores eran imparables. Y era siempre el mismo estribillo: conflicto entre colonizadores y nativos, solución: helicópteros con ametralladoras, escuadrones de la muerte entrenados por la C.I.A, y bombas Napalm.

El Napalm fue inventado en un laboratorio de Harvard, en 1943. Es una sustancia química gelatinosa, combinada con combustible, que puede arder a una temperatura de mas de mil grados centígrados. ¿Qué tiene de especial? Esa sustancia, que tiene una consistencia de polvo o gas, se adhiere a la piel o a la ropa como un pegamento de alto rendimiento. Al contactar la piel, no hay forma de desprenderla, y las llamas no son de tipo convencional. Los G.I norteamericanos usaron Napalm en la segunda Guerra Mundial y en la guerra de Vietnám. Aún se recuerdan las fotos de unos niños vietnamís que lograron escapar de la explosión de una bomba Napalm. Unas pocas partículas les causaron graves quemaduras y, en el caso de uno, de quemarle el 80% de la superficie de la piel. En las fotos se observan a los soldados estadounidenses socorriendo a los niños Vietnamíes. Por desgracia, los niños Matsé no recibieron ni la misericordia de la armada Peruana. La órden de Belaúnde fue la del total exterminio.

La Masacre de las Tribus Mayoruna


¿Qué sucedió exactamente? Sólo quedan testimonios orales, trabajos etnógraficos y muestras del arte matsé para explicarlo. Por ejemplo, en la obra del artista matsé Guillermo Nëcca se reflejan las tradiciones orales que se originaron durante la violenta era del caucho. Una de sus acuarelas retrata a unos caucheros mestizos portando rifles e invadiendo una maloca (vivienda matsé). En dicho retrato, los caucheros acribillan a balazos a varios hombres matsé para luego raptar a sus mujeres y niñas. Se percibe entonces que, para la conciencia matsé, la invasión de su territorio y más aún de su maloca estaba asociada al terror e instigaba un trauma que los matsé guardaban en la memoria desde hacía varias décadas.

A su vez, no es cuestión de analizar la historia como una fábula entre buenos y malos. Recuérdese que los Matsé o Mayoruna eran una de las escasas tribus que resistió a los violentos intentos de colonización. Docenas de etnias sucumbieron, pero las tribus de los matsé, gracias a su espíritu aguerrido y perspicaz, lograron mantener su independencia. Su destreza con el arco y la flecha fueron muy útiles.

El 10 de Febrero de 1964, una patrulla de trocheros, acompañados de unos soldados, partieron desde la localidad de Requena, en Loreto. Se dirigían hacia el Oeste, para alcanzar el río Galvez, en la frontera con Brasil. Aquella franja, cercana al río Yaquerana, pertenecía a los Matsé y era mayormente compuesta de selva vírgen. En esa área de difícil acceso habitaban tres tribus Mayoruna, dedicadas a la caza, la pesca, y al cultivo de frutas y vegetales. Haciendo un estudio de las cifras demográficas de los Mayoruna, se estima que un promedio de 30 a 40 Mayorunas componían cada clan. Es decir, alrededor de 90 personas, entre hombres, mujeres y niños, residían en aquella franja.

El altercado ocurrió el diez de Marzo de 1964. Según los testimonios, la patrulla de trocheros y militares invadieron una maloca mayoruna. Los enfurecidos matsé reaccionaron, cercaron la periferia de la maloca, e iniciaron una batalla con los militares. Los Mayoruna, diestros con el arco y la flecha, hirieron a varios técnicos y mataron a dos de ellos: Pablo García Valles y Noé García Lachi. Según los reportes, los militares utillizaron sus municiones y mataron a “muchos indígenas.” Unos miembros de la patrulla regresaron a Requena y dieron aviso a las autoridades. El resto (la mayoría eran heridos) permaneció en la maloca. El día 21 de Marzo, dos “helicópteros Estadounidenses” aterrizaron en la zona para trasladar a los heridos y al resto de la patrulla. Desde aquel incidente, los Matsé comprendieron que los militares regresarían y por ello se prepararon intensamente, fabricando arcos, flechas y lanzas, para una futura confrontación.

En los meses siguientes, Belaúnde fue presionado por el Departamento de Estado norteamericano. Las multinacionales madereras, movidas por los tentáculos de Wall Street, también intervinieron. Las demás corporaciones, ávidas en explotar los yacimientos petroleros y minerales y continuar explorando la región, exigieron al gobierno a acatar los previos acuerdos. Es indudable entonces que Belaúnde solicitó asistencia del gobierno norteamericano y de la C.I.A. Era 1964, y como bien lo documentó Lucien Bodard, muchos agentes de la C.I.A ya habían sido enviados a América del Sur para entrenar, asistir y financiar a los militares de cada nación.

Combustión causada por una bomba Napalm

En Octubre de 1964, una escuadra de helicopteros y un avión sobrevolaron sobre las aldeas de los tres clanes Mayoruna, a orillas del río Yaquerana. Sólo nos quedan los testimonios orales. Apenas escucharon el zumbar de los helicópteros, los nativos matsé cogieron sus arcos y flechas y salieron a confrontarlos. Mientras los helicopteros ametraballan la aldea entera, las mujeres y niños, entre llantos y gritos, huyeron despavoridos. Muchos hombres matsé sucumbieron abaleados mientras blandían sus arcos. Minutos después, una muchedumbre de mujeres y niños corrían a salvo bajo la espesura del bosque. El ruido de los helicópteros cesó. Fue entonces que las mujeres y niños escucharon otro zumbido; era un avión que arrojaba múltiples bombas napalm. En un instante, varias hectáreas fueron fulminadas por las explosiones, el fuego y el humo. La mayoría de mujeres y niños murieron en el fuego, carbonizados, con graves quemaduras, o asfixiados. Con la excepción de algunas mujeres sobrevivientes, las tres tribus fueron exterminadas. Se estima que perecieron alrededor de 70 a 90 matsé, entre hombres, mujeres y niños.

Existen versiones contradictorias con respecto al Napalm. Algunas sugieren que fue la International Petroleum Company quién asistió a los militares Peruanos a fabricarla. Otra teoría afirma que tanto el Napalm como el avión vinieron directamente de una base Estadounidense. Esta versión, expuesta por el periodista Ricardo Virhuez, es la más creíble, considerando que se requerían pilotos y técnicos capacitados para tal bombardeo.

Lo que es indiscustible es que la C.I.A norteamericana ya enviaba secretamente cargamentos de Napalm hacia la Selva Amazónica. En los archivos del Tribunal Internacional sobre Crímenes de Guerra, del año 1980, en la Haya, existen testimonios de diversos testigos, como la periodista brasileña Memelia Moreira. A mediados de la década del sesenta, Moreira y otros testigos reportaron que sendos cargamentos de compuestos químicos provenientes de los Estados Unidos arribaban a las bases militares cercanas a la selva Amazónica. Al revisar estos y otros archivos se encuentran más detalles tenebrosos, con información relevante que, por obvias razones, nunca se difundió masivamente.

Ese año Stefano Varese se enteró de la masacre. Al leer los periódicos, se sorprendió al no encontrar ningún asomo de compasión. Por el contrario, ahora a los nativos se les comparaba con animales salvajes, “más fieros que el tigre,” “más astutos que el zorro,” acusándolos de ser “más sanguinarios que cualquier piel roja del far west.” Todos los periodistas felicitaban a Belaúnde por su esfuerzo en “asegurar el triunfo de la civilización sobre la barbarie.” Varese no podía salir de su desconcierto. ¿Qué estaba pasando a su alrededor? ¿Porqué nadie decía ni sentía nada por los pobres nativos? Como lo indicaría tiempo después, en ese par de años, Varese atravesó unas profundas crisis emocionales que le hicieron cuestionarse sobre su vocación antropológica, su rol como “sobrio” intelectual, y su verdadera misión dentro de su sociedad. Se necesitaba hacer algo; se necesitaba actuar, en ese ambiente donde no existía ni una brizna de ética, compasión ni moral. Y mientras lidiaba con sus crisis emocionales, Varese intentó continuar con sus estudios antropológicos.

A principios del año 1967, Varese se enteró por las noticias que los Amahuaca, una tribu de Madre de Dios que él conocía, había sido atacada. Un siniestro escuadrón de la muerte apareció de la nada en dicha región. En esa ocasión aniquilaron a casi veinte nativos. Unos cuantos Amahuaca sobrevivieron. El misterio provenía al preguntarse sobre el orígen de aquel escuadrón. No habían dejado huella alguna, pero se rumoreaba que estaba conformado por agentes norteamericanos. Varese no pudo más con su conciencia. Decidió escribir un artículo sobre aquel suceso, y también, sobre la masacre de los Mayoruna. En esas semanas, el poeta Emilio Adolfo Westphalen había fundado una revista de artes llamada “Amaru.” Varese revisó y corrigió su artículo, acusando de genocidio al gobierno del Presidente Fernando Belaunde Terry. Tituló su artículo “Este Mundo. La Nueva conquista de la Selva” y se lo envió a Westphalen. El artículo finalmente apareció en “Amaru,” en la edición de Julio-Setiembre, 1967.

El artículo se iniciaba con estas líneas: “Hay ocasiones en que para un antropólogo es más difícil que nunca callarse o resignarse a compartir su indignación, en el aula universitaria, con unos cuantos alumnos solidarios con él por vocación…”

Fue la primera crítica abierta ante el presidente Belaúnde por un crímen de lesa humanidad. Uno de los pocos testimonios limpios, descarnados y verídicos que aparecerían en esos años en el Perú. Irónicamente, no apareció en un periódico, sino en una pequeña revista de artes y literatura. Por desgracia, el artículo no provocó ninguna indignación del público, ninguna repercusión.

Aun así, el testimonio estaba allí para la posteridad, como una prueba histórica de la veracidad de aquel genocidio.𝔖

Images: Courtesy of photographer Sarah Martin