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Túpac Amaru en Lima

Semillas de la Rebelión

 

José Gabriel Condorcanqui llegó a Lima, en Abril de 1777. Se sentía muy impaciente, pero tenía la convicción de hacer escuchar sus quejas en la Real Audiencia de Lima. En los últimos años José Gabriel había cambiado mucho. El historiador Charles Walker corrobora los testimonios de aquella “transformación.” A sus 39 años, José Gabriel ya no era ni la sombra de aquel jóven obediente, elegante y carismático que fue educado por los jesuitas. Últimamente se había vuelto impaciente, irascible, y era poseído por violentos ataques de furia. No era para menos. Desde su niñez las cosas habían ido de mal en peor.

Desde 1700, las reformas borbónicas instituyeron unas medidas tiránicas. Entre ellas, la subida de impuestos, las intransigentes medidas de recaudación tributaria, y las crecientes demandas laborales. Para favorecer al Virreinato del Río de la Plata, la corona abolió las políticas proteccionistas del Alto Perú. La economía Cuzqueña súbitamente se vió arruinada ante la irrupción del competitivo mercado de Buenos Aires. A su vez, las reformas incrementaron la alcabala (impuesto indígena), que imponía la compra forzada de productos inservibles a precios sobrevalorados. Aquello era una forma de legitimizar el robo, bajo la fachada de una reforma “legal” y “eficiente.” Para José Gabriel, astuto comerciante que creía en el poder del mercado, esto era inaudito. Desde muy joven supo que las deudas y los continuos préstamos lo llevarían a la ruina.

Pero se avecinaban cosas peores. Las autoridades fueron corrompiendo el sistema de curacazgo. Luego de varios siglos con linaje indígena, el título fue transferido a hombres españoles. La mayoría de ellos eran muy ignorantes, y “ni siquiera hablaban quechua.” Desde los 28 años, José Gabriel quedó enfrascado en tediosas querellas jurídicas para recuperar su “curacazgo.” Tres años después de ganar el caso, las autoridades lo despojaron abruptamente del título. Volvió a enjuiciarlos, y dos años después, se lo restablecieron. Sus años de juventud transcurrieron bajo la sombra de múltiples ajetreos jurídicos. Aquel vaivén enloquecedor y agobiante de las querellas minaron la poca fé que tenía en el poder otorgado por la ley.

José Gabriel fue educado en el colegio San Francisco de Borja. Era una escuela exclusiva para “Indios nobles” y caciques, bajo la dirección de unos curas jesuitas. Su traje escolar consistía de una “capa verde,” “camisa verde” y una banda roja con escudo plateado de “las Reales Armas.” Según el historiador Markham, José Gabriel era un niño hábil, aplicado, y con afición al estudio. Podía leer en latín, y hablaba bien el español y el quechua. Es indudable que los jesuitas, con su vasta cultura y predilección por los debates políticos, calaron hondo en su formación. Específicamente, en su intenso deseo de reformar el mundo. A diferencia de otras órdenes que predican la resignación, los jesuitas profesaban una filosofía pragmática, y se proclamaban como “soldados de Cristo.” Dicha praxis los ha hecho blanco de ridículos estereotipos también atribuídos a los judíos: instigar rebeliones y andar perpetuamente conspirando. De hecho, en 1767, mientras José Gabriel se afanaba en sus trámites jurídicos, un motín en Madrid motivó a que el Rey Carlos III expulsara a los Jesuitas de toda jurisdicción virreinal.

José Gabriel emuló el espíritu mesiánico de los jesuitas. Era un ferviente católico, y asiduo concurrente a las misas. Pero al llegar a Lima, ya no era el mismo de antes. Después de viajar por todo el Virreinato, el alma se le había avinagrado. Halló la misma miseria por doquier: hambre, explotación y esclavitud. Todos parecían tan desencantados como él, pero nadie tenía las agallas de reconocerlo. A los curacas y a los indígenas les reprochó el rehuír del mandato divino, y tener por “dioses a los ladrones de los corregidores y a los curas.”

A su entender, los corregidores eran los causantes de toda la degeneración. Manipulaban la ley de la corona a su antojo, pues “las cédulas reales, ordenanzas y provisiones estában muy bien guardadas en sus gavetas y escritorios.” Creaban documentos legales infames, con jueces o “escribanos” que eran “sus criados y dependientes o estában pagados.” Y lo demás se resolvía traficando influencias: “los curas dan sus firmas a su favor, porque estos les prometen hacer buenos oficios en la corte. Los caciques por miedo o por ser pagados de sus salarios, o por ser sus compadres o por verse violentados, echan sus firmas.” Por eso ahora lo vencía la furia. Según Walker, José Gabriel se había vuelto “autoritario y violento.” En Tinta, amenazaba a cualquier forastero, y demandaba que se largaran de sus tierras. Decían que le gustaba azotar “a españoles de caras blancas” y amenazar a los cobradores de impuestos. También se volvió un misógino y un abusivo. Según los testimonios, a veces azotaba a Micaela Bastidas, con “bofetadas y palos.” Una vez arrastró de los cabellos a la tía de Micaela, y le propinó varias patadas. Un cobrador de diezmos presenció esto y tuvo que intervenir.
 

Jr. Huallaga

 

José Gabriel se hospedó en el segundo piso de una casa, ubicada en la cuadra 4 del Jr. Huallaga. Al frente de esa fachada estaba el monasterio de la Concepción. Tres cuadras más allá quedaba la Plaza de Armas. Todavía se especula el verdadero motivo de su visita a Lima. Por entonces José Gabriel lidiaba una batalla jurídica con Don Diego Felipe de Betancur. Se disputaban el título de legítimo descendiente del último Inca, y del marquesado de Oropesa. José Gabriel imaginó que su presencia en la Real Audiencia de Lima podría serle favorable. Además, en Lima vivía el otro litigante, José Vicente García, yerno de Don Diego Felipe de Betancur. Betancur había delegado a su yerno todos los trámites requeridos para su juicio. Siendo rico e influyente, García había reunido documentos y aprendido varias estrategias jurídicas. José Gabriel llevaba las de perder. Pero esa no era su única batalla. José Gabriel planeaba pedirle al visitador Arreche que aboliera la mita para los indígenas de Canas, Canchis y Quispicanchi.

José Gabriel visitó la sastrería de Julián Moreno. Fue en aquel lugar, concurrido por marqueses y otros notables Limeños, donde conoció a Miguel Montiel. Aunque nacido en Oropesa, Cusco, Miguel era un hombre de mundo. Había viajado por todo el virreinato, y visitado España, Francia e Inglaterra. Según las fuentes históricas, Miguel y José Gabriel entablaron una íntima amistad. Finalmente José Gabriel halló a alguien que lo entendía a la perfección. Sus opiniones coincidían en muchos aspectos. Por ejemplo, la mayoría de súbditos del Virreinato tenían una visión errónea de sus gobernantes. José Gabriel sabía que eran unos incompetentes pero, al tratarlos en Lima, descubrió que eran más mediocres de lo que imaginó. Montiel le dió la razón. Al vivir en Francia e Inglaterra, Montiel se percató de que tan limitados e ineficientes eran los españoles. Al parecer de ambos, dejarse gobernar por ellos sólo mancillaba su historia y orgullo Inca. Así, ambos amigos se pasaron varios días conversando. Montiel era comerciante, en una tienda ubicada en la “calle de los judíos”, cuadra 2 del Jr. Huallaga. Pronto se hizo apoderado de José Gabriel, y lo llevó a conocer los salones Limeños. Allí se codearon con la alta sociedad Limeña.


‘Si soy digno de castigo, pronto estoy a sacrificar mi vida, y se cumpla en mí el morir para que otros vivan.’


Según el historiador M. Somarriva, Lima era la “capital intelectual” del Nuevo Mundo. En Europa, se la consideraba como la futura “Amsterdam” o “Londres.” Era una ciudad a la vanguardia, en cuyos salones se discutía de política, cultura y arte. Es evidente que José Gabriel asimiló muchas ideas lúcidas e inéditas en dichos lugares. Walker asegura que José Gabriel conversó e intercambió ideas con agudos «hombres de letras.» Montiel lo presentó ante los marqueses y condes como un cacique ‘descendiente de los Incas.’ Su perfil penetrante, imponente figura y finas maneras le ayudaron a ganarse el respeto general. Inclusive, un conde le preguntó si tenía alguna hija, para comprometerlo con su hijo. Cuando José Gabriel andaba por las calles, los indígenas intuían que se trataba de un miembro de la nobleza Incaica. Le hacían una venia, y otros se inclinaban ante él. Tiempo después, muchos indígenas solían visitarlo, y otros decían que lo consideraban como su único «rey.» 

Luego de visitar los salones Limeños, Montiel y José Gabriel continuaban las tertulias en sus hogares. El investigador Luis Miguel Glave provee una descripción detallada de aquellas discusiones, y de los personajes que participaron. Lo que más resalta son las novísimas ideas revolucionarias que paulatinamente fueron destronando a las creencias retrógradas. Por primera vez, la imagen de los Incas, inicialmente desprestigiada y anacrónica, renacía para ser analizada bajo una nueva visión. Unas corrientes y anhelos libertarios iban aflorando en el Continente Americano. Estos proliferaron en el Hemisferio Sur, debido a la ineficiencia y fragmentarismo de los virreinatos. José Gabriel notó que los Limeños manifestaban intrínsecamente sus mismos anhelos de liberación.

En cuanto al destino de su pueblo, para José Gabriel ya no existían ambivalencias. El aniquilamiento o genocidio no se practicaba sólo con las espadas y las bayonetas. Las políticas y edictos virreinales eran herramientas mucho más eficaces, ya que aniquilaban vidas silenciosamente y desviaban la atención de los verdaderos criminales. La mita, por ejemplo, no sólo promovía sino que normalizaba el genocidio invisible: al volver a sus pueblos, los indios se morían a la semana «vomitando sangre.» Y mientras algunos edictos legitimaban el robo a los indígenas, los repartimientos camuflaban el sistema de esclavitud, bajo la pomposa ley de «sistema de trabajo y tributo obligatorio.» Por eso vivía tan atormentado: «nos recojen como a brutos y ensartados nos entregan… viéndonos peores que a esclavos, nos hacen trabajar desde las dos de la mañana hasta el anochecer que parecen las estrellas….y las fundiciones siguen devorando mitayos..»

Montiel y José Gabriel se reunían para leer y comentar pasajes de los Comentarios Reales de los Incas, de Garcilaso de la Vega. Aquel libro revolucionario reivindicaba la grandeza y el poderío Incaico antes de la Conquista. José Gabriel y compañía usaban una antigua edición de los Comentarios, publicada en 1723, que Montiel había traído desde Cádiz. Carlos Daniel Valcárcel asegura que aquellas reuniones eran parte de una “logia de lectores.» Además de leer y estudiar a fondo los Comentarios, también se conspiraba contra la corona.

Años después, durante su juicio por sedición, Montiel confesó ser un asiduo lector de “libros místicos.” Por entonces se especulaba de que Montiel era un freemason o miembro de la logia masónica de Inglaterra. El hecho de que haya vivido cinco años en Inglaterra, y su inusitado acceso a esos “libros místicos” fortifican esas especulaciones. De ser así, es probable que, en 1777, Montiel haya iniciado a José Gabriel en esa órden sectaria y secreta de revolucionarios y conspiradores. (George Washington se hizo masón en 1752). Desgraciadamente, no existe prueba alguna. Lo que sabemos es que ambos amigos soñaban con restablecer la grandeza incaica, y reafirmaban su “nacionalismo inca” con sus lecturas de Garcilaso. En sus charlas con los incrédulos, Montiel llegó a decir que a José Gabriel y sus familiares, como Incas de herencia sagrada, pronto “se les vería andar en silla de manos.” Sus detractores le aconsejaban que no tomase esas ideas tan en serio. Como Montiel no les hizo caso, algunos le tomaban el pelo, llamándolo “cacique noble.”

En una de esas reuniones, José Gabriel conoció a Mariano de la Barrera. Mariano vivía en Lima, y era amigo de los dos sobrinos de José Gabriel: Andrés y Diego Túpac Amaru. Los dos sobrinos andaban por Lima, y a veces acudían a las tertulias en casa de Montiel. Mariano de la Barrera era cuzqueño, de casta española y familia acomodada. A sus 28 años, era casi un contemporáneo de Andrés y de Diego Túpac Amaru. Aquel trío de jóvenes llevaba una vida desenfrenada, colmada de festejos, reuniones y cenas. Diego y Andrés visitaban la casa de Barrera, y allí organizaban “festejos con música por varios días.” Demás esta decir que sus ideas políticas eran igual de desenfrenadas. Entre borracheras y excesos, estos jóvenes azuzaron y agilizaron la futura rebelión de Túpac Amaru.

Micaela Bastidas dijo que, allá en Lima, a “José Gabriel le abrieron los ojos.” Esta declaración adquiere sentido al conocer las acciones de Barrera y compañía. Con ellos, la mítica aserción de González Prada se hace verdad: “¡Los viejos a la tumba, los jóvenes a la obra!” Al parecer, estos jóvenes tenían una fé y una confianza férrea en el poderío de José Gabriel. La fé que le tenían era incluso mayor que la fé que José Gabriel depositaba sobre sí mismo. No es difícil imaginar la sorpresa que sintió el casi cuarentón José Gabriel al presenciar la osadía del joven Barrera. Enterado de su querella judicial, Barrera, quién era escribano, le ofreció asesorarlo. Sabía algo de leyes y emprendería algunos trámites para ganarle el juicio a José Vicente García. También intercambiaron ideas acerca de qué acciones serían las más apropiadas apenas iniciase la rebelión. José Gabriel le participó su idea de aprisionar a los corregidores pues “ni aqui ni allá le hacían justicia.” Barrera lo animó, y le dijo que eso sería “muy fácil.” Le prometió que lo pondría en contacto con hombres influyentes y desafectos al reino.

Barrera puso manos a la obra y escribió muchas cartas solicitando apoyo para los rebeldes. Pronto, en la mayoría de salones Limeños se rumoraba que se avecinaba una rebelión, y que los chapetones tenían los días contados. En pocas semanas, y por intermedio del exiliado aristócrata criollo Pablo de Olavide, las noticias de una posible rebelión indígena llegaron a París, a los oídos de Diderot y de D’Alembert. Luego, estos afamados Enciclopedistas y artífices intelectuales de la posterior Revolución Francesa celebrarían la Rebelión Tupacamarista. El académico Hervert Dieckmann incluso descubrió que Diderot estuvo pendiente del accionar de Túpac Amaru, y que luego, lamentó su posterior captura y ejecución.

En la semblanza que Glave hace sobre Barrera, se retrata a un joven conversador, hábil, ameno, gran polemicista y de ideas brillantes. Tenía fama de revoltoso, y muchos Limeños recomendaban evitarlo por su “genio perturbativo.” En otros testimonios, los testigos dijeron haberlo condenado al ostracismo, pues era un vicioso incorregible. De una u otra manera, José Gabriel quedó tan cautivado con este jóven que, luego de iniciar su rebelión, le escribió una misiva pidiéndole que se viniera al Cuzco para que lo asistiera.

A fines de 1777, sin embargo, la mala fortuna se ensañó con José Gabriel. El joven Barrera no pudo ayudarlo mucho con sus trámites legales. A su vez, el visitador Arreche rechazó sus peticiones para abolir la mita.

Fueron estas derrotas, al parecer, las que finalmente esclarecieron su entendimiento. José Gabriel quedó tan decepcionado y abatido que cayó enfermo con las fiebres tercianas. “Abrió los ojos» y, motivado por todas las ideas y conversaciones en Lima, comprendió que no había forma de conseguir justicia por las vías legales. Así se lo dijo a uno de sus escribanos, en su regreso a Cuzco, en Diciembre de 1777. Cuando su escribano le comentó que llevaba consigo unos libros de leyes, José Gabriel, furibundo, le recriminó: “qué está vuesa merced con leyes, esos libros no sirven sino para hacer empanadas o bizcochuelos, yo he de imponer unas leyes fuertes.”

Desde entonces ya andaba planeando una rebelión que, según confesaría después, era ineludible, y en la que estaba dispuesto a entregar su vida. Así lo confesó, poco antes de ser descuartizado por cuatro caballos: “Si soy digno de castigo, pronto estoy a sacrificar mi vida, y se cumpla en mí el morir para que otros vivan.”𝔖