Coco en la Prisión del Metalpapa

Coco es presidente de la “República del Metalpapa” y sufre de pesadillas de vez en cuando. Es sucesor de un ex-presidente que fue derrocado. Un ex-presidente que antes de ser elegido siempre hizo lo que quiso, y que ingenuamente no abandonó ese mal hábito al asumir el cargo. A los pocos meses, el indignado pueblo derrocó al ex-presidente y ahora Coco asumía la posta. “No debí aceptar el cargo de vice-presidente cuando me lo propusieron,” pensó Coco, con ánimo decaído. “Ahora sí me jodí.”

En un principio, Coco vivía en Nueva York. Trabajaba como banquero en Wall Street, y los sábados llevaba a varias amantes a algunos restaurantes de Greenwich Village. Muchos paisanos lo vieron y sabían quien era. Pero Coco siempre “se hizo el loco,” que es una táctica muy usada por sus paisanos residentes en Nueva York. Coco era un experto haciéndose el loco, y por eso quizo hacer lo mismo al asumir la presidencia.

Coco y el ex-presidente eran muy amigos desde décadas atrás. Su amigo, el ex-presidente, también era un veterano de Wall Street. Ambos eran demasiado inteligentes para creer en cosas como “la justicia,” “el progreso,” “la sabiduría del pueblo” o “la democracia.” Eran mentiras muy útiles, claro, y ambos sabían usarla con la gente que los tomaban en serio. Por eso, antes de llegar al poder, el ex-presidente se enriqueció, esclavizando a miles de niños en una mina de azufre localizada en Sudáfrica. Coco, por su parte, se hizo más astuto y sabio en el mundo de los negocios.

Durante la década de los noventa, Coco se hizo multimillonario. Con esa fortuna, Coco pudo sobornar a las autoridades, mover influencias, dictar órdenes a “los políticos” o “líderes de opinion” que aparecían en la prensa y televisión y que (como todo mundo sabe) son sólo títeres manipulados por los verdaderos poderes. ¿Quiénes? Esos mismos. Los nombres que casi nadie conoce, y que sólo se susurran en ciertos lugares. De todos ellos, Coco había escuchado historias de el temible Mr. Jones. El hombre mas poderoso, no sólo del Metalpapa sino de varios países del continente. Eran historias horrorosas, y por eso Coco continuaba con sus negocios, tranquilamente y sin ánimo de figurar. No quería ser famoso, no quería convertirse en una de esas marionetas que él por casi dos décadas había maltratado y restregado por el suelo. La justicia y la democracia eran sólo fantasías, eso él lo sabía. Sin embargo, había un maldito Karma que siempre acechaba y que revertía todos los roles. Y quizás ese karma comenzó a acechar durante las elecciones, en el día que le propusieron el cargo de vice-presidente. “No debí aceptar,” se lamentó nuevamente. Y por ello, cuando su amigo el ex-presidente metió la pata y fue derrocado, a Coco le tomaron casi dos días en decidirse y asumir la presidencia.

Hacerse el loco era un arte. Y en los primeros meses de su presidencia, a Coco le funcionó. Quiso finjir que se había liberado de la influencia del ex-presidente. Se mantenía ecuánime, serio, mesurado, neutral, mientras de noche, él y el ex-presidente conversaban por teléfono y se burlaban y reían de la ingenuidad de la gente. Aunque los meses pasaron y de súbito, tanto él como el ex-presidente empezaron a notar esas siniestras señales. Pensaron que era algo pasajero. Pero las señales seguían allí. Pronto surgieron los nervios y las pesadillas. Su amigo el ex-presidente le dijo algo que él ya sospechaba: esas señales eran un pésimo augurio. “Si este país fuera Estados Unidos, el mismo Buffet ya habría retirado sus inversiones de la bolsa,” dijo el ex-presidente. Esa clase de señales sólo causan que los verdaderos poderes se inmiscuyeran para imponer el órden. Ojalá y Mr. Jones no lo note, pensó Coco.

 

 

Coco fue muy ingenuo. Mr. Jones ya había notado esas siniestras señales mucho antes que ellos. Y quizás Coco estaba allí, en ese puesto presidencial, por alguna maniobra de Mr. Jones. Lo importante era no quejarse y hacerse el desentendido. Cuando el perro ladraba, era mejor quedarse callado. Por eso Coco no dijo ni pío cuando anularon el indulto de un viejo dictador que había sido liberado no hacía mucho. Tampoco dijo nada, nada Mr Jones, nada, cuando el hijo del dictador también fue encarcelado. Seguidamente, otro ex-presidente fofo y mafioso, también fue procesado por cargos de corrupción. “En nuestro país, la dignidad y la justicia están regresando.” “El país retoma el buen sendero” “No todo está perdido,” dijeron algunos ingenuos líderes de opinión. En otras circunstancias, Coco y el ex-presidente seguramente se habrían reído a carcajadas de la ingenuidad de las masas. Aunque ahora eran tiempos distintos. Coco sólo esperaba impacientemente por las instrucciones. Sabía que estas vendrían tarde o temprano.

Una noche, un edecán del Palacio de Gobierno le pasó una llamada. Era un mensajero de Mr. Jones. Escuetamente, el mensajero le dijo que debía visitar mas seguido las regiones del país. Debía pronunciar discursos, y manifestar más presencia en las provincias. Allí estaba el problema. “¿No te das cuenta?,” le dijo el siniestro mensajero. “Sí-sí-sí señor,” tartamudeó Coco. “Mr. Jones puede observar y predecir cosas que tu ni sabes que existen,” continuó el mensajero. “Sí-sí, me lo imagino, señor,” dijo Coco. “¿Y qué estás esperando, entonces? Andate a provincias, ponte tu poncho, recorre los pueblos y muestra mas esa cara de perro flaco que tienes…..lo demás déjaselo al jefe,” concluyó el mensajero, antes de colgar bruscamente.

Esa noche Coco no pudo dormir. Intentó pensar en sus ahora lejanas noches de aventuras y fiestas en Greenwich Village. Mujeres hermosas, bebidas, bares escondidos y privados, y sobre todo, ese poder tan infinito con el que gozaba y que ahora (como Presidente) ya había perdido irremediablemente. Suspiró. A poco de amanecer pensó: “No debo de preocuparme. Todavía faltan tres años para las siguientes elecciones. Quizás esas malditas señales desaparezcan en ese tiempo, y con ello Mr. Jones me dejará tranquilo…..”

Cerró los ojos y durmió.𝔖

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